Remembranzas y olvidanzas de Emma Jauch

Remembranzas y olvidanzas de Emma Jauch

“Añoranzas y remembranzas”, Editorial Universidad de Talca, 1994.
Serie Autores Regionales Nº3. 122 páginas.

“Mañana he de nacer
hace mil años”
E.J.

Para leer a Emma Jauch hay que descontaminarse de los polvos del mundo y asumir el sentido de pertenencia al lugar originario, pleno de aromas, sonidos y colores con los cuales podemos vislumbrar el rostro humano y trascendente del ser maulino.

Despreocupada, siempre explorando el entorno con una curiosidad casi infantil, realiza la faena milagrosa de convertir cualquier minucia cotidiana en acontecimiento maravilloso, único e irrepetible.

En Constitución vive sus primeros años con tal plenitud que sus oídos todo lo registran: “Cómo no recordar la plaza de mi pueblo y la gallinita de boj” – esta ave no era otra cosa que el tronco del arbusto encorvado como un largo pescuezo – o la mano de su abuelo que la lleva y la trae desde su casa hasta un minúsculo almacén donde venden galletas de miel. “No se puede comparar la infancia de entonces, dice, con la actual; estos pequeños de ahora llegan al mundo manejando televisores y al punto de doctorarse en computación. La nuestra fue niñez-niñez, acunada por los cuentos de Calleja”.

Emma Jauch vivió rodeada de los elementos más puros del paisaje, y la irrupción de los artefactos electrodomésticos (salvo el teléfono que manejaba con inigualable soltura) la incomodaron bastante, puesto que ella usaba para sus menesteres hogareños carbón, leña, agua, luz solar y como medio de comunicación el recado oral, y muy secundariamente la carta, el mensaje escrito. Nótese que escribió sus notables “Hermanos versos” cuando había gozado y sufrido muchas de las experiencias que nos comparte en este libro que hoy comentamos, “Remembranzas y olvidanzas”, editado por la Universidad de Talca en 1994.

“¿Fue? ¿Ocurrió? ¿Lo soñé?” Historias más, historias menos, Emma Jauch atesora magistralmente las impresiones que se avienen con su carácter, con su manera de ser y sentir; y así deambula por el continente y por planeta entero espigando las ternuras de los pobres (presos, niños de Huillinco, viejos de Córdoba, doña Rosaura…), de sus animales (Josefina, Pascual, La Gatitos…), y de sus plantas (flores azules, rojas, copihues, tulipanes de encendido amarillo y verde…). Es decir, la vida – otra vez – simple, espontánea, que bulle sin alardes, casi al azar.

Sobrecoge la carta que envía a J. A. O., agricultor de Empedrado, con motivo de excusarse de asistir a la inauguración de un camino costino, en 1963, cuando ya había retornado de Buenos Aires y residía en Linares. Este texto quedará como una pieza maestra para todos aquellos que nutrimos la esquiva identidad con los gestos y costumbres de nuestros antepasados. Escuchen: “No logro entender cómo se puede llegar desde Constitución a Tapar en dos o tres horas, si pienso en las jornadas que de pequeños hacíamos en carreta con toldo, acampando a un costado del camino cuando nos sorprendía la noche, junto a la fogata que lentamente se iba apagando… Todavía deben vagar por esos caminos demasiados fantasmas: nuestros tíos abuelos, tías, vecinos, inquilinos…”.

Crónicas que no sólo pretenden entretener sino interpelar, cuestionar e incluso combatir modos de vida frívolos y hedonistas, desechables. Emma Jauch nos pone ante un espejo limpio para que redescubramos un rostro, una identidad, un perfil que al marketing, al estilo light, a la postmodernidad no le interesa preservar porque no lucra. Nunca la conmovieron los poderes políticos, eclesiales ni militares; la obsesiona la inefable belleza de los pétalos de silvestres, gorjeos migratorios o el gesto, casi ademán, de un desconocido que ella sabe cargar de significados y resonancias seculares. Palabras de mujer que enseñan a hombre, a gente.

Al terminar la lectura de estas páginas me reconforta el ánimo, me entusiasma el temple ameno, fraterno, gracioso, siempre chispeante de Emma Jauch, quien pareciera solazarse en su existencia, sin buscar melodramas ni hazañas vacuas para calmar sus incógnitas. Realiza su travesía por el río de las nieblas apenas con las sempiternas ironías de la vida como equipaje, las cuales la van humanizando hasta el punto de hacerla recuperar el asombro, el encantamiento por todas las cosas que la rodean. Ella, criatura emocionada, sencilla, llana, así nunca pudo renegar ni olvidar ni mentir su íntima verdad: la poesía. He ahí la felicidad.

Publicado para: Diario La Mañana de Talca, 15 de enero de 1995.

 

 

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